“Ya verás qué bien” Voluntariado agosto 2026

Por Rocío Bertolín Delgado de la Molina

Médico de familia. Voluntaria en agosto de 2026

Cuántos meses esperando el viaje al Congo. Cuántas veces lo he contado para ir convenciéndome a mí misma de lo que estaba por llegar. Cuántas conversaciones llenas de razones con las que, sobre todo, intentaba dejarme claro que no me podía perder esta aventura. Cuántas veces me han tomado por loca o irresponsable y me lo he replanteado todo. Cuántas veces he soñado con lo que estoy viviendo justo ahora. Cuántos años he imaginado esta experiencia.

Y aun así, durante los meses previos al viaje tuve mucho miedo, bajadas y subidas al plan, una careta de valentía que escondía miedos propios y ajenos, mucha ilusión, una incertidumbre que me paralizaba pero que a la vez era lo que más me animaba a vivir esta aventura, sorpresas de última hora, conversaciones largas con la almohada, emoción con cada cosa que imaginaba, dudas, intensivo de francés, preparación mental, mucha oración, brotes de ébola, más dudas y nervios. Pero a la vez y desde el primer momento, tuve la misma certeza: que el Congo y Monkole me esperaban en agosto con un grupo de 15 personas que casi no conocía.

Y sí, estamos aquí. Es real, estoy en África. Me encanta mirar el mapa y ver que el punto azul de Google Maps me sitúa en Monkole, Kinshasa. En la República Democrática del Congo. Y es real que estoy viviendo esa experiencia tan pensada durante tantos meses y tan deseada desde hace tantos años. Hacer un voluntariado en África siempre estuvo en mi lista de cosas pendientes.

Mentiría si dijera que no me ha costado acostumbrarme a estar aquí. Sabía que me iba a costar dejar casi todas las comodidades en España y venirme al Congo con las mismas manías de siempre. Solo de imaginármelo me costaba. Y lo confirmo. Estamos en una casa estupenda en comparación con lo que nos rodea, pero esta ciudad está llena de desorden, polvo y ruido, cosas que en un principio hicieron que fuera inevitable sentirse lejos de casa. Pero solo había que dejar tiempo al tiempo para que estas calles, nuestra rutina, los 15 mundeles que nos juntamos para venir al Congo, su gentecilla, su ritmo, los niños y el caos se convirtieran en nuestro mejor mes de agosto.

Me he dado cuenta de la suerte que tengo. Pero muchísima cuenta. Echo de menos mi ducha, mi cama, mi toalla, una lavadora cuando la necesito, poder tender al aire libre, ir descalza por casa, la barra libre de luz y agua todos los días, el cielo azul, el solecito, un buen plato de comida de mi madre, el olor a limpio, una calle asfaltada, el tráfico ordenado, la seguridad, usar mi colonia en vez del Relec… cosas básicas para nosotros pero que aquí no lo son tanto.

Y tengo la suerte de poder echar de menos a mi familia, mis amigos y mi vida en España.  Desde luego que uno no se da cuenta de la suerte que tiene hasta que le falta algo, aunque sea por un tiempo. Primera lección.

Me ha pasado siempre el pensar en que un voluntariado solo tendría sentido en el momento en el que yo fuera a algún sitio a ayudar y algo evidente cambiara por ello. Y, obviamente, no fue diferente esta vez, hasta que puse mi primer pie en África y me di cuenta de que estaba un poco equivocada.

Hemos dado mucho cariño, hemos acompañado, hemos intercambiado miradas y sonrisas, hemos ayudado en cualquier cosa y cada uno desde su personita ha intentado servir desde donde se ha visto llamado. Pero además de esto, que ya he llegado a la conclusión de que es mucho, este viaje me ha ayudado a aprender y a recibir un montón de cosas.

Aquí hemos tenido la suerte de conocer muy de cerca a muchas personas que, bien por casualidad o bien guiados por el Amor, se han venido al Congo. Gente que ha venido de España, Argentina o incluso de otras ciudades del Congo para quedarse a ayudar a que el país y su gente aprenda a salir adelante. Aunque resulte sorprendente, así es.

El proyecto de malnutrición de Kimwenza llevado por las Misioneras de Cristo Jesús que se preocupan cada viernes de que el nivel nutricional de los niños de la zona sea el adecuado.

El proyecto de Luisina “Creer en ellas” que intenta que chicas jóvenes con futuros inciertos tengan la oportunidad de trabajar y salir adelante. Además, ahora está montando una biblioteca, pues se dio cuenta de que hay mucha gente aquí que no sabe ni leer ni escribir.

Los diferentes y múltiples orfanatos en los que hemos estado: el orfanato de Mama Koko, el orfanato de la misericordia y el orfanato de Mamá Lorette: sitios que se encargan de acoger a niños huérfanos para darles ropa, techo, comida, cuidados y cariño. La realidad es que son lugares complicados que cuestan mucho de ver, digerir y aceptar. Cada vez que llegamos a alguno de estos orfanatos, nos faltan partes del cuerpo a las que los niños se puedan coger. Nos abrazan, nos dan la mano, nos tocan el pelo, reclaman nuestra atención o simplemente buscan unos ojos que los miren. Buscan cariño, mucho cariño.

Personalmente cuando me vi en esta situación dudé de si iba a ser capaz de poderles hacer llegar a los niños un poco de ese amor que tanto pedían. Pero cualquier gesto es muchísimo para ellos y su sonrisa de vuelta el mejor baño de humildad para los que venimos con las ganas de cambiar grandes cosas. Aquí, aunque no quieras, das. Y es verdad eso de que cuando das, te llenas. Por eso supongo que hay gente que viene y ya no se va nunca de aquí.

Aquí también hemos descubierto que los congoleños tienen su forma de ser, su manera de hacer las cosas y su forma de ver la vida, diferente a la nuestra, por lo que a veces es complicado que se dejen ayudar o que quieran aprender a hacer las cosas de forma diferente. Y por eso me alucina pensar que las personas que vienen voluntariamente han dejado sus comodidades, su familia, su ciudad y su vida en sus respectivos países para venir a servir y ayudar. Es gente especial, que desprende amor y muchísima bondad. Sobre todo porque hacen lo que hacen de manera desinteresada. Porque el servicio es su camino al cielo. Segunda lección.

Este viaje, como ya dije antes, siempre lo tuve muy pendiente. Pero ha sido más especial todavía porque he podido venir como médico y ver otra realidad. Me he encontrado con muchas limitaciones. Incluso la propia medicina es un límite en un país con tan pocos recursos, lo cual es bastante frustrante. Sobre todo sabiendo la cantidad de posibilidades y de opciones que hay en España. Pero precisamente por eso, me voy con millones de ideas y de intenciones en la cabeza que ojalá en algún momento se conviertan en proyectos y realidades que puedan aportar algo a este país.

Hace unos días fuimos a visitar Kinkwemi, un poblado que cuenta con un centro médico que atiende a todos los que viven allí y a los que viven en los poblados cercanos. Creo que todos nos quedamos sorprendidos con lo que vimos allí. La caseta que usan de centro médico tendrá cinco o seis habitaciones. Entre ellas una sala de observación, una sala con algunos medicamentos y una sala de partos. Nos dijeron que allí habían nacido casi todos los niños de ese poblado y de los poblados de alrededor, pero era difícil imaginarse esto porque la sala de partos parecía que estaba abandonada. Solo una camilla, un peso para el bebé recién nacido y algún que otro material era lo que había en esa habitación. Pues sí, con eso habían nacido casi todos los niños que nos correteaban alrededor ese día. Niños felices, llenos de vida, fuertes y juguetones.

Desde luego que estas no son las mejores condiciones para nada, pero aquí es lo que tienen y su capacidad de adaptación es inmensa. Cómo fliparían al ver la suerte que tenemos en España, pero yo ese día aluciné con la capacidad que tienen para salir adelante, vivir y ser personas funcionales y felices a pesar de las condiciones que tienen. Tercera lección

Como médico de familia he podido estar algunos de estos días en una consulta con otro médico de familia. Me gustó mucho la relación que tiene con sus pacientes. Y me llamó especialmente la atención que a muchos de ellos les da su teléfono móvil personal para que si en algún momento necesitan algo, lo llamen. A cualquier hora y cualquier día. Su explicación fue que son personas que o viven lejos del Hospital o no tienen los medios para irse a urgencias en algún momento dado, y de esta manera les facilita un primer contacto rápido con un médico. Lo vi un acto súper generoso y entregado, como poco. Es decir, eso no está pagado. Y lo hacía porque quería, voluntariamente, por vocación y por amor, supongo. Y sin quejarse. Cuarta lección

Aquí cada día es especial, pero hemos entrado en la rueda de una rutina que hace que sintamos que llevamos aquí meses y solo de pensar en la vuelta a España nos entran ganas de llorar. La realidad es que tenemos ganas de volver, pero la experiencia ha sido preciosa e intensa a todos los niveles y hay mucho que digerir. Siento que me he adaptado mucho más de lo que creía a este país y al caos que lo envuelve, y esto ha sido sin ninguna duda gracias a cada una de las personas con las que he tenido el placer de compartir este viajazo. Cada uno es diferente y especial, pero lo mejor es que hemos sido casa y familia en África.

Además, los congoleños nos lo han puesto fácil, pues nos han esperado, cuidado y recibido con ilusión allí a donde hemos ido. Quinta lección.

Podría no parar de contar tantas y tantas cosas que hemos visto y hemos vivido aquí, pero no acabaría nunca y además creo que por mucho que lo contara, las palabras nunca llegarían a estar a la altura. Hay que vivir esto para entenderlo.

Me considero una afortunada de la vida y una afortunada por todo lo que tengo en ella. Solo puedo dar gracias a Dios, que quiso que un día de febrero mi camino se cruzara con Amigos de Monkole para que por fin me lanzara a vivir una de las experiencias más bonitas de mi vida. Antes de llegar al Congo, en los mensajes informativos que nos mandaba Enrique siempre decía al final: “Ya verás qué bien”. Una frase que me hacía mucha gracia y a la vez me generaba más curiosidad de la que ya tenía. Menos mal que no dejé de confiar y de dejarme hacer, porque he podido ver qué bien en primera persona.

Un congreso dental sobre Implantología para más de 100 odontólogos en Kinshasa

Por Ignacio Martínez Esteban, Estomatólogo de Asturias

El viernes 14 de agosto impartimos una conferencia sobre Implantología a dentistas de Kinshasa (República Democrática del Congo), muchos de ellos jóvenes. Agradecemos al CODES (Colegio Oficial de Odontólogos y Estomatólogos de Asturias) y a la ONG ONAY por su colaboración en este proyecto

Se trataron temas como la preparación quirúrgica, el diagnóstico, la cirugía y las precauciones que hay que tener para evitar las complicaciones. Y por supuesto insistimos en la formación ética y el estudio.

La fundación Amigos de Monkole tiene muchos proyectos en África para facilitar el desarrollo y que pueda llegar la sanidad y la educación a zonas donde todavía falta mucho por hacer.

Este año voy acompañado por dos jóvenes dentistas, las doctoras Carmen Artime y Clara del Campo y por la higienista Sandra Hurtado que trabaja en Madrid.

Aunque lo que más nos ilusiona es poder atender a los niños de los orfanatos en un país donde no tendrían ningún acceso a la sanidad ya que no hay seguridad social.

También están en el grupo de voluntarios otros médicos y estudiantes de medicina que colaboran con los facultativos locales y del hospital Monkole.

Y se está por potenciando un proyecto de escolarización para estos niños de los orfanatos. Esto les abre puertas a un futuro mejor.

El próximo proyecto dental es ayudar a crear una clínica solidaria en las afueras Yaounde, capital de Camerún.

Tener una buena sonrisa no tendría que ser un privilegio

Por Carmen Artime Varela, Odontóloga, 24 años

Una de las cosas que más me sorprenden desde que estoy aquí es la facilidad con la que cualquiera te regala una sonrisa, un saludo o un gesto amable.

Lo cierto es que ayudar a que literalmente la gente recupere su sonrisa, es una de los mejores regalos que me podrían haber hecho.

Ya van más de 10 días aquí en el Congo, y mi labor como dentista está siendo mucho más que gratificante. Cuidar la salud dental no debería de ser un privilegio en ningún sitio.

Desde que he llegado aquí he sido consciente de la enorme necesidad que tienen en cuanto a cuidados dentales. No hemos parado de trabajar desde el principio, y lo que más nos gusta y nos sorprende es la paciencia de la gente y lo agradecidos que se muestran ante cualquier cuidado. Los niños se portan genial y aguantan súper bien los tratamientos, les hace hasta ilusión venir al dentista.

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Estamos trabajando sobre todo con los orfanatos de la zona, consiguiendo cubrir atención completa a dos orfanatos y vamos en camino de terminar con un tercero, que tiene casi 500 niños.

Están siendo días de mucho trabajo, pero más gratificante y con más frutos que nunca. Nos está encantando poder ayudar de manera tan directa a la gente de aquí, y nos está encantando poder aportar aquello que sabemos.

De todas formas, no me gustaría quedarme solo en lo que siento que estoy aportando sobre odontología.

Me estoy llevando sobre todo lecciones de humanidad, de amor sencillo, estoy dándome cuenta de la importancia que tiene prestar atención, regalar cariño de manera desinteresada.

Estoy viendo en primer plano el poder transformador que tiene el amor y el cuidado, el valor que tiene entregarte con el corazón, sobre todo a los niños.

Los niños que con su inocencia no buscan más que una mirada, para saberse mimados y atendidos.

Tengo sus miradas grabadas en el corazón, y no habrá día que no piense en ellos cuando vuelva a España.

Aquí somos lo que damos

Esto no acaba el 24 de agosto

Por Celia García-Uceda, 18 años

La primera semana aquí en el Congo ya se ha terminado, han sido días intensos llenos de muchas emociones y experiencias impactantes que nunca me habría imaginado que podría llegar a vivir.

La salida de Madrid fue el martes 4 de agosto y nos encontramos en el aeropuerto, ya desde el primer momento empezó a nacer una confianza impresionante entre todos los que formamos parte de este grupo de voluntarios. Nos esperaban tres vuelos hasta llegar al Congo, además de un viaje largo en taxi a través del tráfico de Kinshasa. Me gusta pensar que nuestra obra/misión en el Congo empezó ya con ese trayecto en el que vimos una realidad distinta a la nuestra y fuimos conscientes de la necesidad y de la pobreza.

La primera mañana visitamos el hospital de Monkole y nos explicaron un poco la historia, vimos todas las instalaciones y todavía la parte que queda por terminar de construir. Viendo el hospital fui consciente de que realmente es mucho todo lo que se necesita para mantenerlo. Siempre había pensado que donar dinero para las operaciones de los niños era suficiente, sin embargo, hay mucho más: electricidad, oxígeno, agua…

Esa tarde conocimos a los niños del orfanato de la Misericordia. Por las tardes, de 16h a 18h jugamos con ellos y es un regalazo: hay muchísimas risas, juegos, bailes y música. La primera tarde fue especialmente bonita porque en el segundo en que aparecimos en la puerta del orfanato, los niños se lanzaron a nuestros brazos aún sin conocernos, gracias a estos niños he descubierto que una de las cosas más valiosas es el amor, y así he comprendido que nuestra labor aquí no es solo material sino que va mucho más allá.

Por las noches, después de cenar todos juntos, tenemos tertulias, vienen personas que cuentan su vida e historia aquí en la R.D. del Congo. Personalmente estas tertulias me han ayudado a valorar las facilidades que tengo en España, sobre todo en el ámbito de estudios, ya que muchas de las personas que nos han contado su vida cuentan su paso por la universidad y todo lo que han tenido que hacer para poder estudiar, aquí hay gente que hasta ha tenido que viajar 2000 kilómetros.

También visitamos una parroquia donde se lleva a cabo un proyecto de nutrición en el que hacen un seguimiento a los niños y les dan una harina rica en proteínas porque muchos de ellos están malnutridos; allí los voluntarios sanitarios ayudaron con el seguimiento y los demás repartimos ropa y juguetes. En el momento de abrir las maletas llenas de ropa enseguida vinieron las madres de todos estos niños para poder conseguir alguna prenda. Ahí se ve reflejada la necesidad y llega el sentimiento de querer dar todo lo posible.

Otro día fuimos a casa de Luisina, quien lleva el proyecto de “Creer en ellas”, en el que forma y ayuda a mujeres que salen del orfanato de Mama Koko, al principio pensaba que iba a ser un día sin casi emoción porque íbamos a escuchar lo que hacia y ver la casa y no me imaginaba que su historia me fuera a impactar tanto. Luisina dedica su vida a la misión, y cree firmemente que el amor es aquello que sostiene nuestra vida, esto lo he ido entendiendo en estos días en Kinshasa gracias a toda la gente que he conocido: sus miradas y su abrazos.

En la visita a Mama Koko hubo una explosión de emociones: en este orfanato hay más de 500 niños, algunos con discapacidad. En el orfanato escuchamos Misa, cuando nos sentamos en el banco enseguida vinieron muchísimos niños a sentarse a nuestro lado o a nuestros pies, algunos se subieron a nuestras rodillas. Yo cogí a un niño que se quedó dormido apoyando su cabeza en mi hombro, al sentirle tan cerca se me saltaron las lágrimas, ¿Qué puedo hacer yo por este niño? ¿Cómo va a ser su futuro? Son preguntas que inevitablemente aparecen y hacen que cada día sea una montaña rusa de emociones.

Son tantos nombres, tantas historias, y aun así tantas las que no conocemos que muchas veces llega la frustración al pensar en qué podríamos hacer para cambiar las cosas. En esta semana he aprendido que aun sin saber francés ni lingala existe un idioma universal, que las sonrisas son siempre un regalo y sobre todo que el amor es la base de todo, que hemos recibido el Amor más grande de manera gratuita y que tenemos que ser capaces de entregarlo también. Hemos venido como voluntarios, pero realmente somos nosotros los que recibimos: vamos a cambiar en estas tres semanas conociendo una realidad totalmente diferente y a partir de ahí la labor continua, esto no acaba el 24 de agosto.