
Por Celia García-Uceda, 18 años
La primera semana aquí en el Congo ya se ha terminado, han sido días intensos llenos de muchas emociones y experiencias impactantes que nunca me habría imaginado que podría llegar a vivir.
La salida de Madrid fue el martes 4 de agosto y nos encontramos en el aeropuerto, ya desde el primer momento empezó a nacer una confianza impresionante entre todos los que formamos parte de este grupo de voluntarios. Nos esperaban tres vuelos hasta llegar al Congo, además de un viaje largo en taxi a través del tráfico de Kinshasa. Me gusta pensar que nuestra obra/misión en el Congo empezó ya con ese trayecto en el que vimos una realidad distinta a la nuestra y fuimos conscientes de la necesidad y de la pobreza.
La primera mañana visitamos el hospital de Monkole y nos explicaron un poco la historia, vimos todas las instalaciones y todavía la parte que queda por terminar de construir. Viendo el hospital fui consciente de que realmente es mucho todo lo que se necesita para mantenerlo. Siempre había pensado que donar dinero para las operaciones de los niños era suficiente, sin embargo, hay mucho más: electricidad, oxígeno, agua…
Esa tarde conocimos a los niños del orfanato de la Misericordia. Por las tardes, de 16h a 18h jugamos con ellos y es un regalazo: hay muchísimas risas, juegos, bailes y música. La primera tarde fue especialmente bonita porque en el segundo en que aparecimos en la puerta del orfanato, los niños se lanzaron a nuestros brazos aún sin conocernos, gracias a estos niños he descubierto que una de las cosas más valiosas es el amor, y así he comprendido que nuestra labor aquí no es solo material sino que va mucho más allá.
Por las noches, después de cenar todos juntos, tenemos tertulias, vienen personas que cuentan su vida e historia aquí en la R.D. del Congo. Personalmente estas tertulias me han ayudado a valorar las facilidades que tengo en España, sobre todo en el ámbito de estudios, ya que muchas de las personas que nos han contado su vida cuentan su paso por la universidad y todo lo que han tenido que hacer para poder estudiar, aquí hay gente que hasta ha tenido que viajar 2000 kilómetros.
También visitamos una parroquia donde se lleva a cabo un proyecto de nutrición en el que hacen un seguimiento a los niños y les dan una harina rica en proteínas porque muchos de ellos están malnutridos; allí los voluntarios sanitarios ayudaron con el seguimiento y los demás repartimos ropa y juguetes. En el momento de abrir las maletas llenas de ropa enseguida vinieron las madres de todos estos niños para poder conseguir alguna prenda. Ahí se ve reflejada la necesidad y llega el sentimiento de querer dar todo lo posible.
Otro día fuimos a casa de Luisina, quien lleva el proyecto de “Creer en ellas”, en el que forma y ayuda a mujeres que salen del orfanato de Mama Koko, al principio pensaba que iba a ser un día sin casi emoción porque íbamos a escuchar lo que hacia y ver la casa y no me imaginaba que su historia me fuera a impactar tanto. Luisina dedica su vida a la misión, y cree firmemente que el amor es aquello que sostiene nuestra vida, esto lo he ido entendiendo en estos días en Kinshasa gracias a toda la gente que he conocido: sus miradas y su abrazos.
En la visita a Mama Koko hubo una explosión de emociones: en este orfanato hay más de 500 niños, algunos con discapacidad. En el orfanato escuchamos Misa, cuando nos sentamos en el banco enseguida vinieron muchísimos niños a sentarse a nuestro lado o a nuestros pies, algunos se subieron a nuestras rodillas. Yo cogí a un niño que se quedó dormido apoyando su cabeza en mi hombro, al sentirle tan cerca se me saltaron las lágrimas, ¿Qué puedo hacer yo por este niño? ¿Cómo va a ser su futuro? Son preguntas que inevitablemente aparecen y hacen que cada día sea una montaña rusa de emociones.
Son tantos nombres, tantas historias, y aun así tantas las que no conocemos que muchas veces llega la frustración al pensar en qué podríamos hacer para cambiar las cosas. En esta semana he aprendido que aun sin saber francés ni lingala existe un idioma universal, que las sonrisas son siempre un regalo y sobre todo que el amor es la base de todo, que hemos recibido el Amor más grande de manera gratuita y que tenemos que ser capaces de entregarlo también. Hemos venido como voluntarios, pero realmente somos nosotros los que recibimos: vamos a cambiar en estas tres semanas conociendo una realidad totalmente diferente y a partir de ahí la labor continua, esto no acaba el 24 de agosto.






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